martes, 4 de mayo de 2010

Y la invité a una copa de vino

Y la invité a una copa de vino. Porque era el adiós y me pareció una forma elegante de llevar a cabo la despedida. Sentados en el sofá, escuchando música romántica (Serge Gainsbourg, nuestro cantante favorito). Ella llevaba un vestido negro y un sombrero. Yo una camiseta y vaqueros. Qué bonita es esta canción, dijo ella. Sí, suspiré yo, que sabía que era la última vez que la escucharíamos juntos. ¿Qué te parece el vino?, le pregunté acto seguido. Está bueno, contestó ella. Yo asentí, por hacer algo, tampoco se me ocurría nada excesivamente inteligente en un momento como aquel. Luego Matilde se levantó y empezó a mirar mis libros. Tanto que vivir y tú lo dedicas a leer, dijo. Yo guardé silencio, pues tenía razón y al mismo tiempo estaba en total desacuerdo con ella. Tanto que leer y tan poca vida, me daban ganas de decirle.
Me fijé en sus caderas, que se balanceaban como si pretendieran hipnotizarme. Qué bonita es, pero ya no es mía, me dije. Clavé entonces la vista en el vino y durante un momento me pareció que sería agradable ahogarse en el fondo de una copa. ¿En qué piensas?, preguntó Matilde de pronto. En ti, estuve tentado de decir, pero me mordí la lengua y contesté: en nada. ¿En nada?, insistió ella. En todo, repuse. Ella se rió con esa forma tan encantadora de hacerlo y dijo: siempre igual. Sí, supongo, contesté yo.
Volvió a sentarse a mi lado, con su copa a medio terminar en la mano. ¿Estás triste?, me preguntó. No, es el vino, mentí yo. Ella se encogió de hombros y dio otro sorbo a su copa. Sí, estoy triste, rectifiqué. No es el final, podemos llamarnos de vez en cuando, susurró ella mientras depositaba su mano en mi rodilla. Tú siempre tan trágico, añadió con ternura. Yo sonreí como pude, bebí algo más y sentí que se me formaba un «quédate» en la lengua. Lo acallé con algo más de vino.
Bueno, se hace tarde, será mejor que me marche ya, dijo apurando su copa y levantándose del sofá. Yo me quedé mirando sus piernas. Las medias negras. El largo de su vestido. El roce de los muslos bajo él. Quizá fue el vino, quizá fue la angustia, pero me incorporé y con decisión la atraje hacia mí. No hubo resistencia por su parte; enseguida nos estábamos besando con urgencia.
Puedo marcharme mañana, jadeó mientras nos quitábamos la ropa mutuamente.

6 comentarios:

Oliver Ado dijo...

Si no fuera por el final este texto me parecería sublime, pero no me hagas caso... Es que en mis despedidas ellas se van sin besarme.

María Mercromina dijo...

pues a mi me van esos finales! un beso

Ficticia dijo...

Ay esos finales que no terminan...

VENUS dijo...

que lindo! bieeen me da esperanzas que ella se quedara... uff es un alivio cuando algo termina bien.

jordim dijo...

bonito final.

claudia dijo...

Me encanta esta historia tan real como absurda.